Ni carne ni pescado sino seitán.

¿Qué lleva a dos mujeres acostumbradas a la buena carne a entrar en un vegetariano? Quizás lo que siempre nos hace probar cosas nuevas: la curiosidad y las ganas de cambiar.  En este caso la experiencia fue positiva y renovadora. Un ambiente estupendo, una clientela amable y nada exaltada, en concordancia con el servicio. En definitiva: una catarsis de positivismo y disfrute.
Se trata de un restaurante con platos bien preparados, abundantes y económicos. Materia prima de muy buena calidad, productos ecológicos y utilización en todo momento del aceite de oliva. Si alguien no ha ido al Grillo Azul tiene que ir sin falta, y más aún si, como yo, es amante de los carbohidratos y enemiga del señor Dukan (que conmigo no ganaría ni un céntimo -métase sus proteinas donde le quepan y fastídiese el higado si quiere- porque prefiero gente gorda y sana que flaca y hecha una mierda.)
En la variedad está el gusto, y ya sabéis que el mío es muy exquisito. Carne, pescado, alubias o lentejas, ¡qué más da!, lo importante es que sea de calidad.
Al final, la cabra tira al monte y volveremos a consumir carnaza, pero hemos descubierto un mundo que nos gusta, y ahora tenemos el privilegio de comer juntas en el Grillo Azul las veces que queramos y de brindar sin parar. Porque nosotras lo valemos.
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